sábado, 8 de marzo de 2014

Horal - Jaime Sabines

Entresuelo


Un ropero, un espejo, una silla,
ninguna estrella, mi cuarto, una ventana,
la noche como siempre, y yo sin hambre,
con un chicle y un sueño, una esperanza.
Hay muchos hombres fuera, en todas partes,
y más allá la niebla, la mañana.
Hay árboles helados, tierra seca,
peces fijos idénticos al agua,
nidos durmiendo bajo tibias palomas.
Aquí, no hay mujer. Me falta.
Mi corazón desde hace días quiere hincarse
bajo alguna caricia, una palabra.
Es áspera la noche. Contra muros, la sombra
lenta como los muertos, se arrastra.
Esa mujer y yo estuvimos pegados con agua.
Su piel sobre mis huesos
y mis ojos dentro de su mirada.
Nos hemos muerto muchas veces
al pie del alba.
Recuerdo que recuerdo su nombre,
sus labios, su transparente falda.
Tiene los pechos dulces, y de un lugar
a otro de su cuerpo hay una gran distancia:
de pezón a pezón cien labios y una hora,
de pupila a pupila un corazón, dos lágrimas.
Yo la quiero hasta el fondo de todos los abismos,
hasta el último vuelo de la última ala,
cuando la carne toda no sea carne, ni el alma
sea alma.
Es preciso querer. Yo ya lo sé. La quiero.
¡Es tan dura, tan tibia, tan clara!

Esta noche me falta.
Sube un violín desde la calle hasta mi cama.
Ayer miré dos niños que ante un escaparate
de maniquíes desnudos se peinaban.
El silbato del tren me preocupó tres años,
hoy sé que es una máquina.
Ningún adiós mejor que el de todos los días
a cada cosa, en cada instante, alta
la sangre iluminada.

Desamparada
sangre, noche blanda,
tabaco del insomnio, triste cama.

Yo me voy a otra parte.
Y me llevo mi mano, que tanto escribe y habla.


Mis X


Miss X, sí, la menuda Miss Equis,
llegó, por fin, a mi esperanza:
alrededor de sus ojos,
breve, infinita, sin saber nada.
Es ágil y limpia como el viento
tierno de la madrugada,
alegre y suave y honda
como la yerba bajo el agua.
Se pone triste a veces
con esa tristeza mural que en su cara
hace ídolos rápidos
y dibuja preocupados fantasmas.
Yo creo que es como una niña
preguntándole cosas a una anciana,
como un burrito atolondrado
entrando a una ciudad, lleno de paja.
Tiene también una mujer madura
que le asusta de pronto la mirada
y se le mueve dentro y le deshace
a mordidas de llanto las entrañas.
Miss X, sí, la que me ríe
y no quiere decir cómo se llama,
me ha dicho ahora, de pie sobre su sombra,
que me ama pero que no me ama.
Yo la dejo que mueva la cabeza
diciendo no y no, que así me cansa,
y mi beso en su mano le germina
bajo la piel en paz semilla de alas.

Ayer la luz estuvo
todo el día mojada,
y Miss X salió con una capa
sobre sus hombros, leve, enamorada.
Nunca ha sido tan niña, nunca
amante en el tiempo tan amada.
El pelo le cayó sobre la frente,
sobre sus ojos, mi alma.
La tomé de la mano, y anduvimos
toda la tarde de agua.

¡Ah, Miss X, Miss X, escondida
flor del alba!

Usted no la amará, señor, no sabe.
Yo la veré mañana.


MI CORAZÓN EMPRENDE  de mi cuerpo a tu cuerpo último viaje.

Retoño de la luz,
agua de las edades que en ti, perdida, nace.
Ven a mi sed. Ahora.
Después de todo. Antes.
Ven a mi larga sed entretenida
en bocas, escasos manantiales.
quiero esa arpa honda que en tu vientre
arrulla niños salvajes.
Quiero esa tensa humedad que te palpita,
esa humedad de agua que te arde.
Mujer, músculo suave.
La piel de un beso entre tus senos
de oscurecido oleaje
me navega en la boca
y mide sangre.
Tú también. Y no es tarde.
Aún podemos morirnos uno en otro:
es tuyo y mío ese lugar de nadie.
Mujer, ternura de odio, antigua madre,
quiero entrar, penetrarte,
veneno, llama, ausencia,
mar amargo y amargo, atravesarte.
Cada célula es hembra, tierra abierta,
agua abierta, cosa que se abre.
Yo nací para entrarte.
Soy la flecha en el lomo de la gacela agonizante.
Por conocerte estoy,
grano de angustia en corazón de ave.
Yo estaré sobre ti, y todas las mujeres
tendrán un hombre encima en todas partes.


 


sábado, 1 de febrero de 2014

La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada - Gabriel García Márquez

 Como yo no conocía en aquel tiempo ningún recurso contra la muerte, simplemente me acosté a esperarla donde me doliera menos, mientras él deliraba con el recuerdo de una mujer tan tierna que podía pasar suspirando a través de las paredes, pero también aquel recuerdo inventado era un artificio de su ingenio para burlar a la muerte con lástimas de amor.

la gracia del escarmiento es que siga viviendo en la sepultura mientras yo esté vivo, es decir, para siempre.

- De todos modos el amor es tan importante como la comida - dijo la abuela.
- Pero no alimenta

– Estaba loco por verte –dijo de pronto–. Todo el mundo dice que eres muy bella, y es verdad.
– Pero me voy a morir –dijo Eréndira.
– Mi mamá dice que los que se mueren en el desierto no van al cielo sino al mar –dijo Ulises.
Eréndira puso aparte la sábana sucia y cubrió la estera con otra limpia y aplanchada.
– No conozco el mar –dijo.
– Es como el desierto, pero con agua –dijo Ulises.


Pareces todo de oro –dijo– pero hueles a flores.
–Debe ser a naranjas –dijo Ulises.

Deliró varias horas, a grandes voces, y con una pasión obstinada. Pero Ulises no la oyó, porque Eréndira lo había querido tanto, y con tanta verdad, que lo volvió a querer por la mitad de su precio mientras la abuela deliraba, y lo siguió queriendo sin dinero hasta el amanecer.



Ulises permaneció contemplándola un largo rato sin despertarla, pero la contempló con tanta intensidad que Eréndira despertó.

Un hombre que sabe hacerse perdonar tiene ganada la mitad del cielo


miércoles, 22 de enero de 2014

Los Hermanos Karamazov - Fedor Dostoievski

Algunos aseguraban que cuando Fedor recibió la noticia se volvió loco de contento. Otros, en cambio, decían que lloró como un chiquillo. Tal vez ambas partes tuvieran razón.

Los recuerdos que se graban en las imaginaciones tiernas desde la edad de dos años, son como puntos luminosos que no puede extinguir toda una vida de sombras.

Como puede verse, el vino le iluminaba más que la religión.

Le amo locamente: No me importa que usted me ame o no; pero deseo que sea mi marido. ¡No se asuste usted! No le causaré molestia alguna. Seré un mueble más en su casa, la alfombra sobre la cual pisará usted. ¡Le amaré eternamente y le salvaré de usted mismo!

Es lo que debe hacerse. Sin embargo, yo... se lo diré a usted sin rodeos: yo estoy dispuesta a someterme a su voluntad en los casos graves, y en los leves, ahora y siempre y por los siglos de los siglos - exclamó Liza con fuego-. Y eso lo haré de buen agrado, casi con alegría, puede decirse. Más todavía: le juro que no escucharé nunca junto a las puertas, y que jamás abriré sus cartas, ya que es usted quién tiene la razón.

Me bastará saber que estás aquí, en cualquier parte, para amar aún la vida.

¿Dónde está aquel que yo amaba? ¡Ah!... ¡Riéndose de mi con otra mujer!... ¡Si lo encuentro algún día sabré vengarme de el!

¡Oh, vil corazón!... Está bien... ¡Beberé por la vileza de mi alma!

Mitia era uno de esos seres que, cuando se hallan lejos del objeto amado, se imaginan toda clase de traiciones posibles; pero, al volver a verlo, aunque sospechen que la traición ha podido someterse, pierden, a la primera mirada del ser querido, su desconfianza, y se ven subyugados por aquellos ojos que adoran y que reclaman imperiosamente una sonrisa como respuesta.

¡Amo demasiado la vida! Tal vez es insoportable, pero no importa; de todos modos me place tener un alma tan baja, y sin embargo, repito que estoy contento de mí.

A este no puedo decirle nada; está en su derecho. Es su primero, acaso su único amor. Ella no ha cesado de amarle durante estos cinco años. ¿Qué, haré yo, pues allí? Debo dejarle el campo libre. Además, todo ha concluido para siempre.

¡Ah, Mitia! ¡Querido mío! ¿Por qué me abrazas?... Me abrazas, me miras y me escuchas... ¿Por qué me escuchas? ¡Abrázame! ¡Más fuerte!... ¡Más fuerte!... ¡Así, así! Ahora seré tu esclava por toda la vida. ¡Qué dulce es ser esclava de un hombre a quien se ama!... ¡Abrázame, hazme sufrir! ¡Mas no, espera... más tarde, después!... -añadió rechazándole-. ¡Vete! ¡Quiero beber, quiero embriagarme, quiero bailar, quiero, quiero...!


No seré tu amante, sino tu esposa, tu esclava, y trabajaré, para ti. 

Devuélvele a ella su dinero, y a mí dame tu amor.

- ¿A qué he venido? ¡A humillarme a tus pies, a estrecharte las manos hasta hacerte sufrir, a decirte una vez más que tú eres mi Dios, que eres mi alegría, a decirte que te amo locamente! 

- ¡ Adiós, hermano mío, y adiós también a aquel que se marcha! ¡Llévele usted la última plegaria de la que tanto mal le ha hecho! ¡No quiero verlo ahora, pero dígale usted que volveremos a vernos... más tarde, todos felices..., dígale usted que no cesaré nunca de amarlo... y sobre todo dígale que me perdone... que me perdone - repitió ella con violencia-; dígale, también, que yo quiero que se salve; que quiero que se vea libre con... la mujer que él ama, y que les deseo a los dos, a los dos, la felicidad!...


lunes, 6 de enero de 2014

Onde Estivestes de noite - Clarice Lispector

Não era romântica, ela era grosseira em matéria de amor. Ali no banheiro, defrente do espelho da pia.

Porque não se pode prolongar o êxtase sem morrer. Separaram-se por um motivo fútil quase inventado: não queriam morrer de paixão. 

- Está fazendo alguma coisa?
- Estou sim: estou sendo triste
- Não se incomoda de ficar sozinha?
- Não, eu penso.

Quando de noite ele me chamar para a atração do inferno, irei. Desço como gato pelos telhados. Ninguém sabe, ninguém vê. Só os cães ladram pressentindo o sobrenatural.

Com o que havia sonhado mesmo? Sei lá, respondeu-se, se sonhei, sonhei com mulher.

Vai ser o Encontro. Sveglia: acorda, mulher acorda para ver o que tem que ser visto. É importante estar acordada para ver. Mas é também importante dormir para sonhar com a falta de tempo.

Não sei responder porque sofro de urgência e fico incapacitada de julgar esse item sem me envolver emocionalmente. Não gosto de esperar.
 
Adeus, Sveglia. Adeus para nunca sempre. Parte de mim você já matou. Eu morri e estou apodrecendo. Morrer é.
E agora – agora adeus.


 
Minha solidão, na volta de tais encontros, era grande e árida. Cheguei a ler livros apenas para poder falar deles. Mas uma amizade sincera queria a sinceridade mais pura. À procura desta, eu começava a me sentir vazio. Nossos encontros eram cada vez mais decepcionantes. Minha sincera pobreza revelava-se aos poucos.

E dai a três meses – como se cumprisse promessa de não pesar das débeis ideias do noivo – daí a três meses morreu, linda, de cabelos belos, inconsolável, com saudade do noivo, e assustada com a morte como criança tem medo do escuro: a morte é de grande escuridão. Ou talvez não, não sei como é, ainda não morri, e depois de morrer nem saberei, quem sabe se não tão escura. A morte, quero dizer.


Pois a hora escura, talvez a mais escura, em pleno dia, precedeu essa coisa que não quero sequer tentar definir. Em pleno dia era noite, e essa coisa que não quero ainda definir é uma luz tranquila dentro de mim, e a ela chamariam de alegria mansa. Estou um pouco desnorteada como se um coração me tivesse sido tirado, e em lugar dele estivesse agora a súbita ausência quase palpável do que era antes um órgão banhado da escuridão da dor. Não estou sentido nada. Mas é o contrário de um torpor. É um modo mais leve e mais silencioso de existir.

Ah, se eu sei, não nascia, ah, se eu sei, não nascia. A loucura é vizinha da mais cruel sensatez. Engulo a loucura porque ela me alucina calmamente. O anel que tu me deste era de vidro e se quebrou e o amor não acabou, mas em lugar de, o ódio dos que amam.


 

sábado, 4 de enero de 2014

Ficciones - Jorge Luis Borges

El presente es indefinido, que el futuro no tiene realidad sino como esperanza del presente, que el pasado no tiene realidad sino como recuerdo del presente.

Mientras dormimos aquí, estamos despiertos en otro lado y que así cada hombre es dos hombres.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara.

Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.
Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, calor granate en la penumbra de un cuerpo humano aún sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba; se limitaba a atestiguarlo, observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales.

Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera.

Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo.

Las razones que puede tener un hombre para abominar de otro o para quererlo son infinitas: Moon reducía la historia universal a un sórdido conflicto económico. Afirmaba que la revolución está predestinada a triunfar. Yo le dije que a un gentleman sólo pueden interesarle causas perdidas…


Que la historia hubiera copiado a la historia ya era suficientemente pasmoso; que la historia copie a la literatura es inconcebible… 
La casa no es tan grande, pensó. La agrandan la penumbra, la simetría, los espejos, los muchos años, mi desconocimiento, la soledad.

- Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado siete años.
El otro explicó sin apuro:

Más de siete años pasé yo sin ver a mis hijos. Los encontré ese día y no quise mostrarme como un hombre que anda a las puñaladas.