EpicuroEn su jardín de Atenas, Epicuro hablaba contra los miedos. Contra el miedo a los dioses, a la muerte, al dolor y al fracaso. Es pura vanidad, decía, creer que los dioses se ocupan de nosotros. Desde su inmortalidad, desde su perfección, ellos no nos otorgan premios ni castigos.
Los dioses no son temibles porque nosotros, efímeros, mal hechos, no merecemos nada más que su indiferencia.
Tampoco la muerte es temible, decía. Mientras nosotros somos, ella no es; y cuando ella es, nosotros dejamos de ser.
¿Miedo al dolor? Es el miedo al dolor el que más duele, pero nada hay más placentero que el placer cuando el dolor se va.
¿Y el miedo al fracaso? ¿Qué fracaso? Nada es suficiente para quien lo suficiente es poco, pero ¿qué gloria podría compararse al goce de charlar con los amigos en una tarde de sol? ¿Qué poder puede tanto como la necesidad que nos empuja a amar, a comer, a beber?
Hagamos dichosa, proponía Epicuro, la inevitable mortalidad de la vida.
Derecho Laboral
Rocinante, el corcel de don Quijote, era puro hueso:
—Metafísico estáis.
—Es que no como.
Rocinante rumiaba sus quejas, mientras Sancho Panza alzaba la voz contra la explotación del escudero por el caballero. Él se quejaba del pago que recibía por su mano de obra, no más que palos, hambres, intemperies y promesas, y exigía
un salario decoroso en dinero contante y sonante.A don Quijote le resultaban despreciables esas expresiones de grosero materialismo. Invocando a sus colegas de la caballería andante, el hidalgo caballero sentenciaba:
—Jamás los escuderos estuvieron a salario, sino a merced.
Y prometía que Sancho Panza iba a ser gobernador del primer reino que su amo conquistara, y recibiría título de conde o de marqués.
Pero el plebeyo quería una relación laboral estable y con salario seguro.
Han pasado cuatro siglos. En eso estamos todavía.
Prihibido Ganar Elecciones
Para que la gente trabajara más duro y viviera una vida más moral, la crisis de Wall
Street volteó el precio del café y volteó el gobierno civil de El Salvador.Tomó las riendas del país el general Maximiliano Hernández Martínez, que usaba un péndulo mágico para descubrir el veneno en la sopa y al enemigo en el mapa.
El general llamó a elecciones democráticas, pero el pueblo hizo mal uso de la oportunidad brindada. La mayoría votó al Partido Comunista. El general no tuvo más remedio que anular la votación, y estalló la sublevación popular y estalló a la vez el volcán Izalco, que llevaba muchos años dormido.
Las ametralladoras restablecieron la paz. Miles murieron. Cuántos, no se sabe. Eran peones, eran pobres, eran indios: la economía los llamaba mano de obra y la muerte los llamaba NN.
Al jefe indígena José Feliciano Ama ya lo habían matado varias veces cuando fue colgado de una rama de olivo. Y ahí quedó, meciéndose al viento, para que lo vieran los niños de las escuelas, venidos de todas partes del país para asistir a esa clase de educación cívica.
Dios
En el campo de concentración de Flossenbürg, está preso Dietrich Bonhoeffer.
Los guardias obligan a todos los presos a asistir a la ejecución de tres condenados.
Al lado de Dietrich, alguien susurra:
—Y Dios, ¿dónde está?
Y él, que es teólogo, señala a los ahorcados que se balancean a la luz del amanecer:
—Ahí.
Guerras Voraces
En 1975, el rey de Marruecos invadió la patria saharaui y expulsó a la mayoría de la población.
El Sahara es, ahora, la última colonia del África.
Marruecos le niega el derecho de elegir su destino, y así confiesa que ha robado un país y que no tiene la menor intención de devolverlo.
Los saharauis, los hijos de las nubes, los perseguidores de la lluvia, están condenados a pena de angustia perpetua y de perpetua nostalgia. Las Naciones Unidas les han dado la razón, mil y una veces, pero la independencia es más esquiva que el agua en el desierto. Mil y una veces, también, las Naciones Unidas se han pronunciado contra la usurpación israelí de la patria palestina.
En 1948, la fundación del estado de Israel implicó la expulsión de ochocientos mil palestinos. Los palestinos desalojados se llevaron las llaves sus casas, como habían hecho, siglos antes, los judíos que España echó. Los judíos nunca pudieron volver a España. Los palestinos nunca pudieron volver a Palestina.
Los que se quedaran fueron condenados a vivir humillados en territorios que las continuas invasiones van encogiendo cada día.
Susan Abdallah, palestina, conoce la receta para fabricar un terrorista:
Despójelo de agua y de comida.
Rodee su casa con armas de guerra.
Atáquelo por todos los medios y a todas las horas, especialmente en las noches.
Demuela su casa, arrase su tierra cultivada, mate a sus queridos, especialmente a los niños, o déjelos mutilados.
Felicitaciones: ha creado usted un ejército de hombres-bomba.











