jueves 25 de agosto de 2011

El año de la muerte de Ricardo Reis - José Saramago

Son momentos fugaces de la edad de oro, que nacen súbitos, que mueren pronto, por eso la felicidad cansa en seguida.

Es una chiquillada, un hombre, si quiere algo, no lo deja al azar, lucha por alcanzarlo, ya ves lo que lucharon en su tiempo los cruzados, espadas contra alfanjes, morir si preciso fuere, y los castillos, y las armaduras, luego, sin saber aun si está despierto o duerme ya, piensa en los cinturones de castidad, cuyas llaves se llevaban los señores cruzados, pobres cornudos.

Está pensando si debe o no besarla en la boca, qué triste pensamiento

Dicen que aquél fue un gesto de amor, y que el amor, siendo un noble sentimiento, se devora a sí mismo cuando no encuentra posibilidad de realizar sus fines.

Lo confieso, son adivinaciones que nos salen por la boca sin que sepamos qué camino hemos andado para llegar ahí, lo peor es que he muerto antes de haber entendido si es el poeta quien se finge hombre o es el hombre que se finge poeta

Colorada de alegría, puede hacer feliz a una mujer ver al hombre amado postrado en el lecho del dolor, mirarlo con esta luz en los ojos, o será preocupación y cuidado, tanto que parece sentir ella la fiebre de la que él se ha quejado, es de nuevo el fenómeno de que el mismo tenga diferentes causas.

La palabra le fue dada al hombre para disfrazar el pensamiento.

Tenía miedo, Me asusté un poco cuando oí llamar, no pensé que pudiera ser usted, pero no tenía miedo, era la soledad, Vaya, la soledad, le queda mucho por aprender aún hasta que sepa qué es eso, Siempre he vivido, También yo, pero la soledad no es vivir solo, la soledad es no ser capaz de hacer compañía a alguien o algo que está en nosotros, la soledad no es un árbol en medio de una llanura donde sólo está él, es la distancia entre la savia profunda y la corteza entre la hoja y la raíz.

Hay momentos perfectos en la vida, éste fue uno, como una página que estaba escrita y que aparece blanca otra vez.

Así de desprovistos se sentirían Adán y Eva la primera noche después de su expulsión del edén, seguro que también caía el agua a mares, se quedaron los dos en el hueco de la puerta, Eva le preguntó a Adán, Quieres una galleta, y como sólo tenía una la partió en dos trozos, le dio la parte mayor de ahí nos vino la mala costumbre. Adán mastica lentamente, mirando a Eva que mordisquea su pedacito, inclinando la cabeza como un ave curiosa. Al otro lado de esta puerta, cerrada para siempre, le había dado ella la manzana, se la ofreció sin intención de malicia ni consejo de serpiente, porque estaba desnuda, por eso se dice que sólo cuando mordió la manzana se dio cuenta Adán que estaba desnuda, como Eva sin tiempo aún de vestirse, de momento es como los lirios del campo que no hilan ni tejen.